jueves, 4 de abril de 2013

Montevideo

Ésta ciudad vale la pena por su rambla, por sus casas y por su gente. Es un gusto recorrerla en verano a la hora de la siesta porque no hay un alma en las calles arboladas y uno se siente en paz perdiéndose por ahí. Si pueden ir algun día no se tomen ningún colectivo, ¡a caminar!
Además tiene, por suerte, otro ritmo que el de la enfermiza Buenos Aires. Al principìo puede resultar extraño, a nosotros porteños, que la gente se tome su tiempo para hacer las cosas pero uno, creo yo, termina por entender y querer esa manera de proceder, que es mucho más afectuosa y ciudadosa que la nuestra. No se encuentra a nadie gritando, ni con cara de traste porque hay que hacer cola o porque hay tránsito, etc... Me ha pasado de pasear por Montevideo y que familias que comían dulces o fruta en las veredas de sus casas me conviden. Uno se siente bienvenido allí (y eso que se dice que no nos quieren nada porque somos unos tremendos prepotentes impacientes e intolerantes citadinos, cosa que para mí, es cierta).
Ah, y no se olviden de visitar la feria Tristán Narvaja los domingos al mediodía, allí venden desde partituras, libros, relojes de bolsillo, fruta, especias, cuadros y ropa hasta productos de limpieza para el baño.  Tiene como diez cuadras de largo (sobre la calle Tristán Narvaja en el centro de la ciudad) y por lo menos seis o siete cuadras de feria sobre cada calle que corta la principal sobre esas 10 cuadras.
No se pierdan esas cosas, vayan al Teatro Solís que es muy lindo y pidanse un pancho en La Pasiva.
Saludos!

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